Muchos asesores y expertos en finanzas personales recomiendan destinar al ahorro lo que quede de los ingresos mensuales después de atender todos los demás gastos. En mi opinión esto no tiene por qué ser así.
Yo prefiero apartar cada mes, el mismo día que recibo mi nómina, un porcentaje de la misma a una cuenta de ahorro, de otra entidad bancaria diferente, en la que no tengo tarjeta de débito ni de crédito con la que poder realizar un pago rápido. En dicha cuenta voy acumulando mis ahorros y desde ella transfiero dinero a los distintos activos financieros en los que invierto. La única forma de sacar dinero de esta cuenta de ahorro es mediante transferencia.
Así, desde el día de cobro de la nómina reflejo en el presupuesto mensual la partida ahorro y la descuento como mi primer gasto del mes. Establezco la cantidad a ahorrar como un porcentaje de mis ingresos que trato de que sea constante en el año. Lo reviso al alza si algún mes recibo ingresos extraordinarios y únicamente lo disminuyo en caso de circunstancias excepcionales y por el tiempo estrictamente necesario.
Actuar de esta manera me permite contar con un fondo de emergencia el cual, a parte de servir de base para realizar aportaciones a mi cartera de inversión, me proporciona la tranquilidad de saber que ante cualquier imprevisto (una avería en el coche, una consulta médica inesperada, etc.) no tengo que tirar directamente de la tarjeta de crédito o solicitar un préstamo. Además esta forma de proceder ‘me obliga’ a gastar menos.
Créeme, es de gran ayuda psicológica para cualquier persona, saber que ante cualquier crisis financiera de su economía doméstica, puede contar con un colchón o margen de seguridad con el que empezar a afrontarla.
Recuerda, la primera línea de los gastos en tu presupuesto, el ahorro. Después todos los demás.

